|
La muchacha, la de cabello oscuro,
la que salió en los diarios...
no sé su nombre, pero la llamo
¡compañera!...
Daniel Viglietti
I
Subió en una parada antes de Porteña. Habíamos concertado un código
para reconocernos: yo debía llevar bajo del brazo un ejemplar del diario
La Opinión; al comprobarlo, me diría "Parece que López Rega se
va"; le contestaría: "aún así, la caza de brujas sigue".
Pero apenas subió supe que era ella. Incongruente en medio de todas las
gringuitas de los poblados aledaños que iban a los boliches de San
Francisco en esa noche de sábado, con su vaquero gastado, camisa blanca
de hombre, el pelo oscuro, suelto, cayendo larguísimo hasta más abajo de
los pechos. Pensé en lo inútil que hubiera sido disfrazarnos; esos ojos,
esos modos adustos, reconcentrados... era como si un sutil uniforme
vistiera, desde el éter, a los compañeros.
"Pero la caza de brujas sigue", le dije y pareció
tranquilizarse, aunque ella también me había reconocido y la contraseña
no era exactamente la correcta.
La compañera debía tomar a su cargo las tareas de enlace entre
nuestra zona y las del oeste de Santa Fe. Ella sería quien traería las
orientaciones generales y particulares, llevaría nuestras inquietudes,
actuaría como correo eficiente de cualquier acción de último momento
que debiéramos concertar. A Tadeo, su antecesor, lo habían matado hacía
una semana cerca de Rosario.
Su nombre de guerra era Angélica; yo le di el mío, aunque en San
Francisco todos los compañeros sabían que me llamaba Adelqui Dinolfi y
ella pronto se enteró. San Francisco es particular -le dije en nuestra
primera conversación mientras ella devoraba un bife jugoso en un bar
cerca de La Rural-; no se parece en nada a otras zonas del Partido. Aquí
los obreros no odian a sus patrones, los unen incluso cuestiones de raza.
Y no son explotados de un modo salvaje como lo pueden ser, por, ejemplo,
los hacheros santiagueños.
-Eso lo sé muy bien porque soy de allí -me dijo y supe que se había
traicionado pues en el acto se puso muy colorada. Supuestamente no
debíamos dar detalles que develaran nuestras verdaderas identidades.
Pero todo eso pronto quedaría fuera, pues yo me enamoré de ella.
Menos su nombre verdadero, llegué a conocer casi todo lo de importante
que había en su vida. Supe que su padre era un poeta pobre, su madre una
maestra, y la habían educado esmeradamente pese a las carencias tremendas
de aquellos parajes inhóspitos del campo donde se había criado hasta los
once años. Supe que luego de la secundaria había decidido estudiar
ingeniería en Rosario, mientras trabajaba en una fábrica textil. Y supe
que me amaba, pues luego de siete meses de conocernos, una tarde color
malva me dijo en una placita de Santa Fe que esperaba un hijo mío y eso
la llenaba de felicidad. Entonces yo le dije que debíamos casarnos.
II
Me tomaron completamente desprevenido, debo reconocerlo, volvía de mi
trabajo en la planta de Magnasco, en mi motocicleta, cuando me encerraron
entre dos autos, un Peugeot 504 y un Falcon, lo recuerdo. En un santiamén
me palparon de armas -alcancé a ver que ellos las tenían de todo tipo- y
tomándome de la nuca, casi con cariño me hicieron subir al Falcon,
dejando allí mi moto abandonada.
Por la moto mi padre supo luego que me habían apresado, pero cuando
fue a la comisaría de San Francisco le dijeron que me habían llevado a
Córdoba. Un oficial que era primo de mi papá le dijo "presentá
urgente un recurso de hábeas corpus, está en Informaciones, ahí lo van
a torturar y pueden llegar a matarlo si no lo pide el juez". Mi padre
hizo eso en el acto y viajó a Córdoba. No lo dejaron verme pero
reconocieron que estaba allí y le dijeron que en unos días más iban a
enviarme a la cárcel de Córdoba. Esos días eran para recuperarme de
lastimaduras y golpes que ellos mismos me habían dado.
Siempre pensé que mi vida se salvó porque aún existía aunque fuera
un simulacro de legalidad en los últimos días de Isabel Martínez. Pero
al segundo día de que me enviaran a la Unidad Penal Nº 1 vino el golpe.
Y la cárcel se transformó en un campo de concentración. Así que no
pude ver a nadie de mi familia, antes de que nos sumieran en aquel
infierno de requisas todos los días, torturas a los presos en los patios,
carreras por los pasillos desnudos bajo tres grados bajo cero y recibiendo
los golpes y patadas de dos filas de suboficiales y soldados que se
formaban para otorgarnos ese tratamiento al menos tres veces por semana.
Durante aquel tiempo comprendí el pavor de Auschwitz y la horrenda
semejanza de las conductas humanas más perversas que se repiten una y
otra vez fatalmente, hasta en su gestualidad, cada cierto periodo en la
historia.
Mas los vejámenes y horrores cotidianos que padecíamos -incluyendo el
asesinato de compañeros- pasaban a segundo plano ante la obsesión que
acosaba a mi mente cada día: ¿dónde estaban Angélica... y mi hijo, o
hija, que llevaba en su vientre?
Las noticias que cada tanto nos traían los compañeros sobrevivientes
de otros campos de concentración más crueles aún, como La Perla o La
Rivera, eran estremecedoras. Uno de ellos, casi enajenado por las
torturas, me habló un oscuro día de cierta muchacha de cabello oscuro
con un bebé en brazos... transida por las humillaciones, permanecía todo
el tiempo que podía en un rincón de la infecta cuadra cuartelera,
tratando de no llamar la atención para que no la atacaran más. Le
habían permitido tener a su bebé pues aún lo amamantaba, pero todos
sabían que estaba condenada a muerte, pues apenas pudiesen le quitarían
al niño para entregárselo a algún represor sin hijos.
El hambre, el frío, la espantosa condición de fantasmas mugrientos y
temblorosos en que habíamos sido convertidos por la sistemática
aplicación de aquel método de cotidiana destrucción, seguramente
contribuyó para que me acosara aquella monomanía. Lo cierto es que no
pude dejar de creer ya, con seguridad terrible, que aquella muchacha con
el bebé en brazos era mi Angélica. Sufría horrores a cada despertar de
las largas somnolencias -pues no podría afirmar que eran sueños-, y aún
padeciendo los ataques de los militares carceleros no expulsaba de mi
mente a este dolor, que me hacía desear lanzarme contra sus armas y
provocar así también mi muerte de una vez.
Intenté hacerlo por fin. Una mañana, mientras nos llevaban con golpes
y gritos como a ganado, desnudos, hacia una escalera por donde debíamos
descender desde un primer piso hacia un patio, me lancé con todas mis
fuerzas hacia un soldado que estaba junto a la pared, para quitarle el
fusil. Lo hice con tan mal cálculo que resbalé y fui rodando por la
escalera con gran espectacularidad hasta el primer descanso. Es todo lo
que recuerdo, pues a causa del golpe me desvanecí. Recién cobré
conciencia de existir un día después, en la enfermería, y me encontré
con un brazo vendado. Más tarde me dirían que me había quebrado una
muñeca.
III
¿Por qué lo cuento ahora? Mas bien, ¿por qué lo escribo? Tal vez
quienes fuimos tocados por esta singular suerte de ser sobrevivientes
necesitamos constatar una y otra vez la realidad de nuestra experiencia. O
sacar conclusiones. O sencillamente dotar de superlativa objetividad a
cada aspecto del presente cercano, ya librado de la horrenda situación
pasada.
Un sacerdote logró entrevistarme durante cinco minutos un año
después de mi detención. A través de él supe que mi padre había
logrado -gracias a su condición de destacado Ingeniero, ex-colaborador de
Onganía y ciudadano italiano-, obtener mi libertad. Pero tendría que
salir del país.
Tres meses después -en junio de 1977-, luego de llevarme a una celda
especial y tenerme allí un día, me permitieron bañarme, me devolvieron
la ropa, y me llevaron con los ojos vendados hacia el aeropuerto militar.
Recién al llegar a Ezeiza los militares que me custodiaban quitaron la
venda de mis ojos. En la escalerilla del avión me entregaron mis papeles
y el pasaje... Adentro esperaba mi padre. Me abrazó... había sufrido
tanto, que no tuve ánimo para llorar. Apenas una especie de desolación,
indiferente, me agobió el alma. Sin embargo, por primera vez, al mirar
los azules ojos humedecidos de mi padre sentí una leve sensación de
alegría. Entonces él me dijo:
-Tenemos una sorpresa para vos.
IV
Escribo esto mientras desde la ventana y a través de las cortinas de
color pastel trasciende levemente el sol. Son las seis y cinco de la
mañana. Desde el rincón con la pequeña mesita sobre la que apoyo mi
cuaderno, puedo adivinar el color plomizo del Adriático, que murmura
perceptiblemente pues aún no ha comenzado el trajinar cotidiano de esta
pequeña ciudad de pescadores. Sobre la pared a mi derecha hay un cuadro,
un dibujo enmarcado; en su vidrio refleja dulcemente el sol. El sol
esparce alrededor de la ancha cama una gasa de luz que delinea aureolando
uno por uno los cabellos del niño; esos cabellos oscuros como los de su
madre y la frente ancha, combada, como la de su padre. Yace dormido junto
a la mujer, de rostro sereno, que aún descansa, envolviendo su hombro con
la mano izquierda y apoyando sus largos dedos en el pecho del niño. Esa
muchacha que al mirarla humedece mis ojos con su leve respirar sin
sobresaltos, llenando mi conciencia de sentimientos que hasta hoy no
conocía. Esa muchacha, la de cabello oscuro; la que subió a mi vida una
parada antes de Porteña, y ya no se bajará más.
|